sábado, julio 14, 2007

EL REGRESO

Me costó muchas noches de insomnio, de pensar y analizar las consecuencias, de estar más fuera de mí que de permanecer concentrado en mis asuntos. Todos decían al observarme que mi larga desaparición me había transformado, que me había infuído de forma significativa. Algunos se atrevieron, incluso, a decir que padecía una extraña enfermedad desconocida o que durante mi ausencia había visitado territorios extraños y prohibidos, cercanos a los espíritus de los muertos. Pero nadie supo jamás qué ocurría dentro de mí.
Inmerso en esa lucha feroz, deseoso de olvidar mi pasado y ansioso por volver a ser el guerrero que siempre fui; habiendo aprendido que la derrota era parte de mi vida y que era necesaria para valorar todavía más las victorias, por fin una madrugada me decidí.
El cielo embrumado parecía acompañar mis pensamientos mientras descendía al puerto de mi ciudad. Envuelto en mi vieja capa, ataviado como un luchador, sin ostentación ninguna, embarqué con destino a la isla.
Alguna vez había oído que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, por eso regresaba, porque intuía que mi felicidad podía residir allí, y la sola posibilidad de volver a contemplar aquellos maravillosos ojos era para mí suficiente. Necesitaba enfrentar mi regreso aun sabiendo que la mujer podía no estar esperándome o incluso despreciar mi presencia, ofendida por mi marcha.
La intriga, sin embargo, o tal vez un sentimiento de conexión entre el alma de aquella mujer y mi alma inquieta, insaciada por las búsquedas que había emprendido, me convencieron para regresar, pero esta vez con un nombre, con un rumbo más definido.
Arribé y desembarqué, arrastrando el bote hasta la playa para que las mareas no me lo arrebataran. Volver a poner mis pies sobre la isla provocó una vorágine de emociones que se transformaron en colores, en olores, en sensaciones que ya empezaban a ser familiares y que me estremecieron.
Ahora solamente restaba encontrarme con ella y sucumbir a aquella dulce y salvaje mirada. Ajusté mi espada al cinto y respiré hondo antes de adentrarme en el bosque y dejar mis huellas en la arena, alejándome de la barca.

jueves, mayo 03, 2007

LA MARCHA


Con cautela, con suavidad, con suma delicadeza abracé aquel cuerpo, que medio sumergido en el mar, flotaba inerte, inconsciente, casi sin vida. Cargando con él, en brazos, me acerqué a la orilla y lo deposité sobre la arena caliente, implorando a los dioses que le devolviesen la vida, que le dieran el aliento a la mujer que ahora yacía junto a mis rodillas. Velé ese cuerpo y ese espíritu durante tres días y sus tres noches con una hoguera permanentemente encendida para que el poco calor que poseía no huyera hacia espacios infinitos, lejos de su alma dormida.
No bebí ni comí absolutamente nada en todo ese tiempo que paermaneció sumida en el más profundo sueño. Ignoro qué mundos visitó, si es que lo hizo. Pero todo mi empeño fue en mantener el poco hálito que tampoco sé si ella quería. Pensé que si el destino se empeñaba en acabar con aquella mujer, me lo haría saber mediante señales, o de alguna forma concreta.
Al tercer día, cuando el sol estaba alto, movió levemente los dedos de su mano izquierda y supe entonces que regresaba a la vida, que volvía su espíritu a la isla; que su mente, harta de oscuridad, había decidido habitar de nuevo aquella maravilla de cuerpo que los dioses le habían otorgado.
Mi misión estaba cumplida, mi estancia en la isla, comprendí, había finalizado. Me esperaban otras vicisitudes y ya curado de mi enfermedad, volvía a tener un mombre, una historia, una vida. Es cierto que la amaba, pero ella era tan hermosa que no era merecedor de su compañía. Quería marcharme con el recuerdo vívido de su turbadora mirada. Así pues, sabiendo que el momento de su despertar estaba cercano, avivé la hoguera, deposité algo de comida junto a ella y con un palo escribí mi última frase en la arena, para que al abrir sus deliciosos ojos pudiese leerla.
Firmé Nimril y me zambullí en el mar en calma, alejándome a nado de la isla... creyendo que sería para siempre.

miércoles, octubre 25, 2006

CALMA

Calma. Esa era la palabra, la sensación. Calma. La isla había quedado en silencio absoluto. El mar parecía una superficie pulida, un cristal inalterado y el cielo de un azul profundo, casi eléctrico, mostraba unas estrellas generosas que tililaban con una intensidad que yo jamás había apreciado. El silencio se había apoderado de aquel instante y la frescura, dejada por la lluvia que había caído, impregnaba nuestros cuerpos.
Quedé atrapado en ese beso. Fue tan dulce, tan sincero, que también yo quedé mimetizado en el silencio y solamente cuando aquellos preciosos ojos se entreabrieron, fui consciente de que el regreso se demoraba eternamente. La vida volvió a sus mejillas y su mirada brilló de nuevo bajo la luz de todas las estrellas del universo.
No sabía qué decirle, no sabía si podía escucharme, no sabía si era consciente de aquel tacto cálido con el que la envolvía del frescor de aquella noche calmada. Eran tantas las cosas que quería contarle, tantas las que quería escuchar. Sin embargo, una vez más volví a sellar sus labios con un nuevo beso, apacible, sin prisa, porque sabía que aquella noche era nuestra, de los dos, para tomarla con calma.
Después de aquel segundo beso la acomodé entre mis brazos, dándole todo el calor que mi cuerpo desprendía y en absoluto silencio levanté la vista al cielo para agradecer a mis dioses que ella estuviese viva. En medio de la calma empecé a oir un rumor, un leve sonido, que fue creciendo. Era el cabalgar de un caballo desbocado que se acercaba.
Enseguida comprendí que era mi corazón latiendo y haciendo un esfuerzo para no romper la magia de aquella calma tan apetecible, dije:
-- Ahora duerme. Porque yo soy el Guardián y velaré tus sueños.
En ese instante una estrella fugaz cruzó el cielo.

jueves, octubre 19, 2006

LA RENUNCIA

Jamás había visto una batalla semejante. Era un espectáculo feroz, aturdidor, enigmático y esplendoroso. Las fuerzas de la naturaleza en actitud desafiante. El mar golpeando, furioso, la isla en lque nos encontrábamos y la torrencial lluvia cayendo sobre nosotros como una cortina pesada y espesa. Cuando el rayo rompió la oscuridad en la que habíamos penetrado, adiviné ver el rostro de aquella mujer a escasos centímetros, luego sentí un beso en la mejilla, pero no puedo precisar si fueron sus labios los que me rozaron o las gotas de lluvia lanzadas con violencia por las ráfagas del intenso viento.
El ruido era ensordecedor, daba la sensación de que el mundo entero se derrumbaba a nuestro alrededor, que llegaba el fin de los tiempos. El mar rugía espumoso y con la luz de un nuevo rayo pude ver que la mujer se alejaba hacia el acantilado. Mi mano aún seguía notando su calor. Intenté seguirla pero me detuve en el pedregoso camino que durante los últimos días había recorrido. Y fue en ese instante en que me hallé lejano. Lejano de la isla, lejano de la mujer que corría con amargura en su alma y que se dirigía hacia el lugar más elevado de la isla, escalando, con dificultad temeraria, para ofrecerse voluntariamente a sus dioses, a su luna.
Yo sabía, tuve la certeza absoluta, que mis días en la isla habían finalizado. Había vencido mis miedos, mis dudas, mis monstruos. Volvía a ser un hombre entero, sabedor ahora de mis límites y por tanto, prepaparado para volver entre los míos, más rico en experiencias; en definitiva, más fuerte. No quise seguirla porque ella pertenecía a otro mundo diferente al mío y su estancia en la isla dependía de sí misma, como la mía había estado supeditada a mi crecimiento. Decidí renunciar a ella porque era el momento de mi regreso.
Desde mi silencio, empapado por el agua que seguía azotándome, pude verla en lo alto de la atalaya con los brazos abiertos, recibiendo el agua furiosa de la lluvia, en actitud de ofrenda. En aquel momento el rayo la hirió. El estrepitoso trueno que siguió no me premitió distinguir si hubo grito o silencio. Mi naturaleza, todo yo, salté a la carrera hacia ese punto elevado. Escalé tan rápido como pude, rasgándome, hiréndome, cortándome en aquella roca rebelde hasta que llegué junto a ella. Estaba lívida, sin aliento, apenas...
Le cogí la cabeza con ambas manos y la acerqué hacia mí. Mis lágrimas se mezclaron con la lluvia, sobre su rostro apagado. Acerqué mis labios a los suyos para darle mi calor, para regalarle la vida. Y una voz en mi intrerior me advirtió que si la besaba estaba renunciando al regreso.
No lo dudé. Con lentitud pasmosa, esperando que abriera sus ojos perfectos y me mirara, sencillamente la besé.

martes, agosto 22, 2006

DESNUDO

Debo reconocer que me sorprendió su pregunta. No esperaba ya que allí, en la isla, hubiese alguien interesado en conocer mi nombre. Consciente de que transcurrían los segundos sin yo dar respuesta alguna, y que mi expresión debía ser bastante cómica, a mi mente acudieron escenas de mi pasado; de aquel pasado guerrero en el que visité mil lugares distintos y en los que poseí mil nombres diferentes.
De qué hubiese servido decirle que había pertenecido a la estirpe de los asesinos de Dapur, que en aquel tiempo mi nombre era motivo de orgullo y causaba temor entre los miembros del Círculo Negro. De qué hubiese servido mentarle mi nombre de nacimiento y contarle después que pertenecía a una de las familias más nobles de Gali, la ciudad de los pantanos, y que era descendiente directo de un cartógrafo al servicio de un gran monarca. De qué hubiese servido siquiera contarle que yo era un mercenario rojo, un cuerpo de guerreros de élite que servían al rey de Aras, la ciudad más hermosa jamás construída en Hárkad.
Sencillamente era un hombre, ahora en la isla, un hombre como otros que buscaba morir para renacer, cerrar un ciclo para empezar el siguiente con todo el bagaje aprendido, preparándome para un nuevo comienzo.
Y ese era mi deseo, mostrarme desnudo tal cual era en ese instante, poseedor de todo lo que la ha vida me había enseñado hasta ese instante, con una curiosidad inacabable, hambriento de todo lo que se me pudiese ofrecer; aún así sabía que aquella mujer necesitaría un nombre, porque los nombres nos dan la singularidad de quien los posee y vencen el temor que, desde el principio de los tiempos, nos provoca lo deconocido.
Ella necesitaba saber mi nombre y yo tenía que darle uno para después pedirle el suyo. Por eso, en mi cabeza busqué uno que me identificase en todas las escenas de mi pasado lo que había sido, porque ahora era yo con todo lo que representaba, sin fragmentos. Por fin encontré uno y así se lo dije mientras cogía de nuevo su mano.
-- Llámame Guardián de los Sueños. ¿Y el tuyo?

martes, julio 04, 2006

LA DANZA DEL AGUA


La luz cálida de aquel atardecer silencioso se había instalado a nuestro alrededor, incluso daba la sensación de que el tiempo había detenido su implacable avanzar y que el mar, a veces embravecido en esa hora tardía, había calmado su ímpetu, observándonos con detenimiento, con lentitud, regalándose a sí mismo esa imagen de descubrimiento.
Mi mano había dejado su cintura, pero seguía prisionera de su mano, de sus dedos cálidos que danzaban con los míos una danza ritual, un vaivén parecido al de las olas que nos observaban maravilladas, ahora. Y mientras su mirada luminosa se posaba sobre mi mirada todavía inocente y temerosa de descubrir un nuevo universo, nuestros dedos jugaban en la quietud, en el intervalo minúsculo del tiempo que existe justo antes de romper la gota de lluvia contra el suelo.
Su tacto, su piel se me asemejó más suave, incluso, que las sedas más perfectas que hubiese tocado jamás y su voz, cuando me mostró el abayogh vacío y me pidió una tregua insolente, me parecío de una dulzura sedante.
Sin dejarle la mano, tal vez por miedo a perder aquello que me había abierto los ojos a una realidad triunfante, dándole la espalda al mar que ansiaba ver todo cuanto sucedía, la conduje a la cascada, al mismo lugar donde yo bebía agua cristalina y fresca para saciar mi sed ardiente desde mi estancia en la isla. Dejé que contemplara la descarada maravilla de aquel rincón oculto, que el sonido del agua cayendo desde lo alto iniciara una sinfonía embriagadoray lentamente fui metiéndome en el agua reparadora.
Fue en aquel instante que supe que la frontera estaba cercana a ser cruzada, al fin. Que mi estancia en la isla permitía el renacer del guerrero que nunca dejé de ser. Y atrapado en la danza del agua tiré de ella hacia mí mientras le decía, con una débil sonrisa:
-- Nademos y bebamos hasta saciarnos.

martes, abril 25, 2006

FRONTERAS


Hay momentos en que las fronteras se olvidan, tal vez porque nos parecen inalcanzables o porque nos dan miedo y ese temor que provoca el imaginarnos cruzándolas hace que las borremos de nuestra memoria. A veces ocurre que nos acomodamos tanto que despreciamos el valor que pudo haber tenido la aventura de acercarnos a una de esas fronteras. Pero ellas están siempre latentes en algún lugar recóndito y en los instantes más inesperados se presentan ante nosotros como señores reclamando el pago que les debemos por seguir existiendo.
Abrir los ojos y encontrarse ante una de esas fronteras que creíamos desterrada, así de repente, provoca una sensación de vacío, de vértigo incontrolable y te transporta al límite del territorio que una vez quisiste cruzar, es decir, al pasado olvidado.
Comiendo esas grosellas que me alimentaban, bajo la mirada profunda de la hurí, recobré la noción de lo que había sido y un rumor inquietante empezó a mover mi espíritu porque me supe guerrero, guerrero vencido, pero no derrotado. Me supe luchador hambriento de nuevas batallas después del proceso depurativo por el que estaba pasando. Y ante la frontera del recuerdo no me quedó, no quise que me quedara, más remedio que cruzar.
Ahora sabía perfectamente quién era y no tuve vergüenza de mi desnudez. Mi mirada se volvió sabia, profunda, curiosa y ante mí apareció una nueva frontera jamás explorada. El cuerpo de aquella mujer que me regalaba su alimento, su compañía, su consuelo... se me asemejaba tan bello que de una forma furtiva acaricié su cintura con respeto, sintiendo su tibieza apoderarse de mi aliento. Y al cruzar esa nueva frontera supe que empezaba a vencer todos mis miedos.
La línea de la costa se resaltó en el paisaje que contemplaba porque una vez más hice consciente el hecho que desde la llegada a la isla no había querido o no había sabido ver que la misma isla era otra frontera. Y ante el desafío de traspasarla, con la fuerza y el conocimiento necesarios, yo y mi mano, indolentes, nos adormecíamos en otra frontera, en otro cuerpo...